Aromas vitales

No tuvo más que cerrar los ojos y dejarse transportar por esa mezcla de olores, tan especiales, tan primitivos, únicos en su universo, que le devolvieron diez años atrás, cuando vivía en otro continente, en otra vida, en otro refugio. Pasaron los paseos con su abuelo, el comedor de la casa del pueblo, la ventana abierta por la mañana y el sol entrando a raudales, las vistas desde su dormitorio con ese valle abierto a sus pies, y ese olor invadiéndolo todo. Casi podía rozar los pétalos carnosos y el polvo dorado de sus estambres. Se extasiaba viéndolo caer sobre la mesa del comedor, como si fuera polvo de hadas, y soplaba para que siguiera jugando bajo el sol que entraba por la ventana. Tan vívido todo, y tan vivido también.

Lápices de colores, 40×50

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